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22 noviembre 2014

Psicológia social (comunicación y familia) Resumen.



 Fuentes originales



 Comunicación.
Es el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra, alterando el estado de conocimiento de la entidad receptora. La entidad emisora se considera única, aunque simultáneamente pueden existir diversas entidades emisores transmitiendo la misma información o mensaje. Por otra parte puede haber más de una entidad receptora. En el proceso de comunicación unilateral la entidad emisora no altera su estado de conocimiento, a diferencia del de las entidades receptoras. Los procesos de la comunicación son interacciones mediadas por signos entre al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de los signos y tienen unas reglas semióticas comunes.
Se ha definido como «el intercambio de sentimientos, opiniones, o cualquier otro tipo de información mediante habla, escritura u otro tipo de señales». Todas las formas de comunicación requieren un emisor, un mensaje y un receptor destinado, pero el receptor no necesita estar presente ni consciente del intento comunicativo por parte del emisor para que el acto de comunicación se realice. En el proceso comunicativo, la información es incluida por el emisor en un paquete y canalizada hacia el receptor a través del medio. Una vez recibido, el receptor decodifica el mensaje y proporciona una respuesta.
El funcionamiento de las sociedades humanas es posible gracias a la comunicación. Ésta consiste en el intercambio de mensajes entre los individuos. En la actualidad se entiende que el buen funcionamiento de la sociedad depende no sólo de que estos intercambios existan, sino de que sean óptimos en cierto sentido. Es en este punto de análisis dónde se incorpora la visión pro social, que entiende la comunicación no sólo como un medio de intercambio sino cómo un sistema de apoyo y bienestar para la masa social.
En una aproximación muy básica, según modelos como el de Shannon y Weaver o el de Roman Jacobson, los elementos funcionales que deben darse para que se considere el acto de la comunicación son:
•             Emisor: Es quien emite el mensaje, puede ser o no una persona. Evidencia una función emotiva/emocional.
•             Receptor: Es quien recibe la información. Dentro de una concepción primigenia de la comunicación es conocido como receptor, pero dicho término pertenece más al ámbito de la teoría de la información. Evidencia una función conativa/apelativa.
•             Canal: Es el medio físico por el que se transmite el mensaje, Evidencia una función fática.
•             Código: Es la forma que toma la información que se intercambia entre la Fuente (el emisor) y el Destino (el receptor) de un lazo informático. Implica la comprensión o decodificación del paquete de información que se transfiere. Evidencia una función metalingüística.
•             Mensaje: Es lo que se quiere transmitir. Evidencia una función estética/poética.
•             Situación o contexto: Es la situación o entorno extralingüístico en el que se desarrolla el acto comunicativo. Evidencia una función referencial.
•             Marco de referencia: Es un entorno extralingüístico de amplio rango que enmarca la selección contextual significativa para las referencias y los contenidos comunicativos que demanda el contexto del acto comunicativo en cuestión. Evidencia una función referencial.
Funciones de la comunicación.
•             Informativa: Tiene que ver con la transmisión y recepción de la información. A través de ella se proporciona al individuo todo el caudal de la experiencia social e histórica, así como proporciona la formación de hábitos, habilidades y convicciones. En esta función el emisor influye en el estado mental interno del receptor aportando nueva información.
•             Afectivo - valorativa: El emisor debe otorgarle a su mensaje la carga afectiva que el mismo demande, no todos los mensajes requieren de la misma emotividad, por ello es de suma importancia para la estabilidad emocional de los sujetos y su realización personal. Gracias a esta función, los individuos pueden establecerse una imagen de sí mismo y de los demás.
•             Reguladora: Tiene que ver con la regulación de la conducta de las personas con respecto a sus semejantes. De la capacidad autorreguladora y del individuo depende el éxito o fracaso del acto comunicativo Ejemplo: una crítica permite conocer la valoración que los demás tienen de nosotros mismos, pero es necesario asimilarse, proceder en dependencia de ella y cambiar la actitud en lo sucedido. Hechos sociales como la mentira son una forma de comunicación informativa (aunque puede tener aspectos reguladores y afectivo-valorativos), en la que el emisor trata de influir sobre el estado mental del receptor para sacar ventaja.
Diversos enfoques de la comunicación humana la conciben como un ritual que los seres humanos llevan a cabo desde que nacen. Los teóricos han determinado cinco axiomas de la comunicación, también conocidos como axiomas de Paul Watzlawick:
1.            Es imposible no comunicarse.
2.            Toda comunicación tiene un aspecto de contenido y uno de relación, tales que el segundo califica al primero y es por ende una metacomunicación.
3.            La naturaleza de una relación depende de la puntuación de secuencias de comunicación entre los comunicantes.
4.            Los seres humanos se comunican tanto digital como analógicamente. El lenguaje digital cuenta con una sintaxis lógica sumamente compleja y poderosa pero carece de una semántica adecuada en el campo de la relación, mientras que el lenguaje analógico posee la semántica pero no una sintaxis adecuada para la definición inequívoca de la naturaleza de las relaciones.
5.            Los intercambios comunicacionales son simétricos o complementarios según estén basados en la igualdad o la diferencia.
Escuelas
Las escuelas de la teoría de la comunicación pueden dividirse en sentido general en la escuela europea, la escuela estadounidense y la escuela latinoamericana.
Escuela europea: se centra esencialmente en la Alemania pre-nazi y se destacan las siguientes corrientes del pensamiento en torno a la materia de la comunicación:
O             Escuelas marxistas: La teoría de la comunicación vista desde el marxismo tiene diferentes percepciones: Teoría de la sociedad de masas: La comunicación es detentada esencialmente por aquellos que tienen el poder político y económico en determinada sociedad y por lo tanto, el mensaje emitido está abierto o soterradamente al servicio de los intereses del poder que detenta la comunicación como estructura de información. Los medios masivos por lo tanto, son instrumentos del poder político y toda información es manipulada de tal manera que contribuya al sostenimiento de dicho poder. Esta teoría desconfía abiertamente de la comunicación si ve está en manos de un determinado sistema burgués. Dicho mensaje revela un mundo irreal, manipulado y carente de autenticidad y por lo tanto carente de credibilidad; Ideología alemana: De acuerdo a Marx, las ideas que dominan en una determinada sociedad, son las ideas que impone la clase dominante, pensamiento que contribuiría a determinar la perspectiva marxista sobre la teoría de la comunicación como instrumento de la elite. Los mensajes que recibe el perceptor son esencialmente aquellos mensajes que quiere le elite y que buscan perpetuar la situación de dominio. El teórico de la comunicación bajo la perspectiva del marxismo, se concentra en desmarañar los complejos procesos de manipulación de la comunicación sobre las masas. Muchos son las perspectivas que pueden diferenciarse dentro de la ideología alemana del marxismo con respecto a los medios, pero la más destacada es la Escuela de Frankfurt.
O             Escuela de Frankfurt: El principal teórico fue Marcuse, entre otros, desarrollaron el pensamiento de la cultura de masas. Para la escuela de Frankfurt, el capitalismo desarrolló una poderosa maquinaria de manipulación de la comunicación y la cultura estableciendo que todo es comercializable y con el objetivo único de garantizar el poder de la clase dominante en todo el mundo. La escuela de Frankfurt continúa a ser de vital importancia dentro de cualquier perspectiva teórica de la comunicación. Inspiró además el desarrollo de la Escuela Latinoamericana de Comunicación.
•             Escuela de Birmingham: La Escuela de Birmingham tiene como principal representante a Stuart Hall y tiene una base humanista. Aunque no se considera marxista, Birmingham da al papel de la estructura de clases una importancia radical en la comprensión de la teoría de la comunicación, así como da un puesto de honor a las manifestaciones culturales, especialmente que vienen de los sectores masivos y que son claves para comprender las reacciones de los procesos de comunicación.
•             La psicología social: En este se destaca Kurt Lewin quien desde la Universidad de Berlín desarrolló la teoría del comportamiento del individuo influido por el medio social en que se desenvuelve, lo que significaría un aporte para el desarrollo mismo de la teoría de la comunicación. En Estados Unidos fue presidente de la sociedad de estudios de psicología social de la Universidad de Iowa y posteriormente creó el centro de investigación para la dinámica de grupos en el Instituto Tecnológico de Massachussets.
•             Escuela católica: El aporte de la Iglesia Católica a la teoría de la comunicación se da especialmente a partir de la celebración del Concilio Vaticano II con la proclamación del "Decreto sobre los instrumentos de la comunicación social" (Inter mirifica) desde una perspectiva esencialmente humanista y con una preocupación total por la relación comunicación, sociedad y cultura. El término comunicación social parte de los teóricos católicos. A partir de dicho encuentro, los teóricos de la comunicación de corte católico definirán esta durante la segunda mitad del siglo XX como un campo de vital importancia para la comprensión de la sociedad humana desde la psicología, la sociología y la antropología. Los medios de comunicación en particular tendrían el riesgo de presentar una realidad ficticia en muchas ocasiones ante la cual el individuo debe estar atento a descubrir. Por otro lado, los medios de comunicación se constituyen en unos poderosos instrumentos que pueden ponerse al servicio del desarrollo de los pueblos. La comunicación se ve fuertemente influida por la economía y por lo tanto suele ser manipulada por grupos poderosos, es necesario defender un código ético estricto que regule o sirva de árbitro en el complejo proceso comunicativo social. Para Ludovico Carracci todo lenguaje tiene inevitablemente una consecuencia antropológica y social, es decir, existencialista y por otra parte, los medios de comunicación son portadores de una nueva cultura y de una nueva mentalidad, por lo cual, es necesario la participación y el fortalecimiento del factor ético.
•             Teoría de la comunicación en España: En cuanto al aporte español, este debe ser rastreado dentro de la escuela latinoamericana. Más afines a su cultura y que contribuyeron junto a sus colegas latinoamericanos a la formación de dicha escuela en contraste con la escuela estadounidense. En la actualidad, los teóricos españoles plantean lo que llaman la "Teoría crítica de la comunicación la cual se inspira a la Escuela de Frankfurt tal como la ELC lo fue en sus inicios.
Escuela estadounidense: se destacan los trabajos matemáticos de Claude Shannon con su teoría de la información y de Norbert Wiener con su cibernética alrededor de 1948. Claude Shannon, ingeniero en telecomunicaciones, elaboró y formuló su teoría matemática de la comunicación o de la información. El estudio de los mensajes, de los medios para trasmitirlos, de las formas de almacenamiento, la posibilidad de crear y usar en forma racional nuevos medios, indispensables para el funcionamiento de las sociedades altamente tecnificadas, planteó la necesidad de crear una teoría unificadora de la comunicación. En sus teorías se establecían perfectamente delimitados, tres niveles en los que operaba la comunicación: a) Un nivel meramente físico del proceso, dado por el sistema telefónico que los interconecta. Este nivel interesa al ingeniero en comunicaciones b) Un segundo nivel que es el semántico, dado por la lengua que usan para dialogar, y todas las otras formas del lenguaje c) Un tercer nivel, que podríamos llamar sociocultural y en el que se pueden englobar los distintos aspectos de la comunicación.
La escuela estadounidense tiene como eje central la Universidad de Chicago y comenzó a desarrollarse a principios del siglo XX. Los nombres asociados a esta escuela en sus inicios fueron Charles Cooley, John Dewey y Herbet Mead y son los primeros en plantear el estudio de la comunicación desde una metodología científica concreta como es el método sociológico. Con ellos, la comunicación deja de ser vista como una mera esquematización procesual emisor - canal - receptor para comenzar a ser visto al interior de un fenómeno cultural más amplio. Nacen conceptos que marcarían la historia de la comunicación durante el siglo XX como la opinión pública, la comunicación masiva, las funciones del lenguaje y la propaganda. Es también necesario anotar que como ciencia, la comunicación nace de los aportes de la matemática y la sociología, especialmente con los estudios de Paul Felix Lazarsfeld que se centra en los efectos de los medios, mientras que la ciudad es el principal campo de trabajo.
Escuela latinoamericana: Se conoce como "escuela latinoamericana de comunicación" al desarrollo que la teoría de la comunicación tuvo en los países latinoamericanos, siglo XIX Las escuelas estadounidenses tuvieron entonces poco influjo gracias a la barrera lingüística, por lo cual el desarrollo de una comunicación vista desde una perspectiva Latinoamérica se dio en general desde una influencia colonial española y francesa hacia la búsqueda de una identidad nacional propia. Esto sería un gran aporte al desarrollo de la teoría de la comunicación porque en el caso latinoamericano ésta sería muy sensible a los procesos sociales.
Contrario a lo que sucedería en Europa y Estados Unidos en donde la teoría de la comunicación se desarrolla a partir de la investigación científica y aportes como la psicología, la sociología y otras disciplinas, en Latinoamérica ésta viene de la mano del desarrollo del periodismo y posteriormente el influjo y aporte de las teorías de la comunicación social aportados por la Iglesia católica y en el caso específico por la Teología de la Liberación y por la Escuela de Frankfurt.
Argentina y Brasil fueron los primeros países latinoamericanos en fundar escuelas de periodismo a principios del siglo XX a través de la Universidad de La Plata y la Universidad de Río de Janeiro. Hacia la década de los 30, todos los países latinoamericanos tenían escuelas de periodismo y en esa misma década comienza el influjo de la escuela estadounidense en la región debido al desarrollo que los teóricos de ese país hacía.
Es durante la década de los 60 cuestionando los modelos de comunicación impuestos en la región y al servicio de grupos de poder económico. Los primeros grandes críticos de la teoría de la comunicación latinoamericana cuestionan el orden mundial dominado por la información estadounidense y en gran parte europea y esbozan la tesis de un "nuevo orden mundial de la información y la comunicación".9 Rechazan modelos foráneos a la cultura latinoamericana y pensada para otras sociedades y adaptan aquellos que eran útiles para el trabajo de campo de la comunicación en la región. La ELC desarrolla el concepto de comunicación alternativa y comunicación popular, especialmente durante la década de los 80 como aquella que es practicada por los grupos sociales no dominantes.
La CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina) se fundó en Quito en 1959 y se constituyó en uno de los centros más importantes para el desarrollo teórico de la comunicación en la región. La CIESPAL ha trabajado especialmente en el campo de la investigación de los procesos de la comunicación en las comunidades latinoamericanas y centrando su trabajo en los efectos que ésta tiene entre los perceptores y cómo los procesos de comunicación pueden contribuir al desarrollo de una comunidad (transformación social).
Según Bessette, el término comunicación para el desarrollo surge precisamente en el contexto de transmisión de conocimientos y aporte de la comunicación al desarrollo de los países del Tercer Mundo, con el doble objetivo de fomentar la participación de todos los miembros de la comunidad y conseguir la transferencia de conocimientos (Bessette, 1993). Los primeros proyectos perseguían el desarrollo económico y social de América Latina. La idea fundamental que guiaba la acción de esos proyectos, era la de conseguir mejorar las infraestructuras comunicativas, para asegurar que las campañas en salud, agricultura, educación formal,...llegaban a todos los sectores sociales, y en consecuencia, se impulsaba la transformación económica y social de la región. Y precisamente con el objetivo que los mensajes llegasen a todas las capas sociales, los organismos Internacionales apostaron por sistemas de comunicación de masas. En este sentido, y según Hamid Mowlana, el fracaso de tales ambiciones se explicaría por dos razones. La primera, referente al planteamiento causal de las potencialidades de los medios de comunicación, dónde el mensaje (la causa) generaría un cambio (el efecto), es decir, la transferencia de conocimientos a través de los medios de comunicación de masas, impulsaría el desarrollo económico y social de la región, sin tener en cuenta otras variables como las fuertes desigualdades sociales que caracterizaban la mayor parte de los países latinoamericanos. La segunda, la relativización o menosprecio a las formas tradicionales de comunicación que se daban en el seno de esas sociedades. Este primer intento de conseguir un determinado desarrollo, definido en términos exclusivamente económicos a través de la transferencia de tecnologías y difusión de información de masas, es clasificado por Hamid Mowlana y Laurie J. Wilson como modelo liberal-causal.
El primero, conocido como modelo marxista-socialista, aunque con un planteamiento causal como el liberal-causal, "consideraban a la comunicación como una parte integral de la teoría política y la ideología y como un elemento esencial del proceso de desarrollo" (Ferrer, 2002). Por lo tanto, a pesar de incluir aspectos referentes a déficits estructurales (políticos, económicos, sociales),el proceso de desarrollo no se explicaba a partir de un planteamiento conductista de causa-efecto, por la cual, la respuesta a la complejidad de las distintas realidades latinoamericanas pasaba por reconocer las desigualdades sociales, debido a factores endógenos y exógenos, pero también, reconociendo las potencialidades de la población en la búsqueda de un desarrollo económico y social, definido desde y para las comunidades latinoamericanas. Así pues, Hamid Mowlana y Laurie J. Wilson denominan al tercer modelo monístico-emancipatorio. La gran aportación de este modelo respecto el liberal-causaly el marxista-socialista, es que por primera vez se cuenta con la capacidad de los propios afectados por tal de intervenir sobre su entorno, partiendo de las necesidades específicas de cada comunidad, y sobre todo, concediéndoles la capacidad de poder definir el tipo de desarrollo social y económico más adecuado a sus necesidades, rompiendo viejas tutelas occidentales, más preocupadas por establecer una única forma de conseguir el progreso social, basándose en criterios pura y estrictamente económicos.



La familia en su evolución hacia el siglo XX. Ricardo Montoro Romero.
Muchos de ustedes recordarán que hace ya algunos años se solía decir que la familia era la célula básica de la sociedad. Pero ya hace también mucho tiempo que nadie dice eso. La expresión pare- ce haberse quedado obsoleta, perdida en el tardo-franquismo, y suena a rancia. Lo que sucedió fue que no sustituimos eso de célula básica por ninguna otra cosa. Durante un par de décadas, estuvimos en el limbo de los justos, y dejamos de pensar en la familia. Seguía ahí, actuando en nuestras vidas privadas, y también en la vida social toda. Aunque sin calificativo alguno, pero ahí estaba. Hablar de familia sonaba a rancio. Y actuábamos como si, al negarle el nombre, hubiese dejado de existir. Pero allí seguía, evolucionando, cambiando ella sola, y adaptándose a los nuevos tiempos que corrían con iniciativa propia. La familia como comunidad humana. Tome la forma que tome. Con poliandria, poliginia, monogamia o lo que sea. Más o menos grande. Matrilocal o patrilocal. Cuando los seres humanos han constituido una sociedad, antes han constituido una familia. Es como si una sociedad estuviese constituida por muchas familias. Esa es la realidad. Tome la forma que tome (insisto, esas formas pueden variar mucho), es la única institución social que ordena simultáneamente seis cuestiones claves de la vida en sociedad:
En primer lugar, regula la conducta sexual; sin las normas establecidas por la familia, nos acosaríamos sexualmente unos a otros indiscriminadamente, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sería el caos. La familia impone unas reglas de comportamiento que permiten ordenar el poderoso impulso sexual. Son reglas tan vigorosas que no hace falta que estén escritas en un papel. Están dentro de todos nosotros. Quizá la que tiene más fuerza, y que todos reconocemos de inmediato, es la prohibición del incesto. Pero también son reglas igualmente poderosas las contenidas en la exogamia y la endogamia; la regulación del intercambio sexual ordenado dentro y fuera del grupo social al que pertenecemos. Todas estas reglas, de una u otra forma, existen en todas las sociedades conocidas, y también en la nuestra.
En segundo lugar, la familia ordena la reproducción.  Socialmente hablando, el concepto de padre y de madre surge para identificar a los causantes de la criatura. Para que todo el mundo sepa (y ellos también, claro) de quién es el niño. Y para que el niño lo sepa también. Por eso nos inventamos los apellidos, y les damos tanta importancia. Los apellidos sirven, incluso, para certificar la nobleza del sujeto (cuando se dice que alguien tiene apellidos ilustres, o de rancio abolengo; es un tal, o un cual, ya se sabe; y eso inspira respeto, aunque el portador de los apellidos, por sí mismo, no sea muy de respetar). Pero también sirven los apellidos para todo lo contrario: para calificar negativamente a quien los porta, aunque sea una persona maravillosa. Decimos con orgullo de padres, ciegos de amor paternal: este niño es mío. Pero a la sociedad, lo que realmente le importa, es saber que ese niño es de alguien. Eso es lo importante, lo que de verdad cuenta. Y ¿qué mejor forma de conseguirlo que introducir en el interior de los padres el sentimiento de propiedad hacia su hijo? Así es como la familia ordena la reproducción.
En tercer lugar, la familia ordena los comportamientos económicos básicos y más elementales; desde la alimentación a la producción y el consumo. Por eso, por ejemplo, cuando hoy día hablamos del consumo nacional, lo definimos como un agregado del consumo de las familias, que no es más que un consumo de los individuos canalizado a través de las familias. Hoy las familias casi no producen nada; sólo consumen. Pero una típica familia de colonos norteamericanos basaba su supervivencia en la capacidad productiva de sus miembros. Cuantos más hijos, mejor; y, si son varones, pues mejor todavía. Y cuanto más fuertes, mejor. 
En cuarto lugar, la familia se encarga de educar a los niños, sobre todo en las edades más difíciles, en las edades más tempranas. Educar quiere decir enseñar a comportarse en sociedad. Los que hayan tenido hijos pequeños, o los tengan, habrán visto que son bastante salvajes. Bueno, es que están, como decimos coloquialmente, sin civilizar. No saben cómo debe comportarse uno en sociedad. Y comportarse en sociedad es hacerlo ajustándose a lo que los demás esperan que uno haga. El moderno sistema educativo, que empieza a los pocos meses de la vida de los niños, en las llamadas Escuelas Infantiles, parece que secuestra el papel familiar de la educación. Pero es una apariencia sólo. Los verdaderos valores humanos y sociales se aprenden en casa, con la familia, con los padres, hermanos y abuelos; y con los tíos y los primos cuando están a mano. Se aprenden día a día, minuto a minuto. Los niños utilizan un mecanismo de copiar gestos, palabras y actitudes. Utilizan individualmente lo que, como señaló Frazer, todas las culturas usan para crear sus mundos simbólicos: la mímesis (la imitación) y la asociación. Imitando y asociando creamos nuestros mundos simbólicos y nuestras relaciones sociales. De esta forma aprende un niño en una familia y en una sociedad: imitando lo que ve, y asociándolo con otras cuestiones.
En quinto lugar, la familia regula y canaliza algo tan importante para el ser humano como los afectos y los sentimientos. Es eso de las cosas de familia. Un espacio de verdadera intimidad, donde nos mostramos realmente como somos; donde sentimos con una profundidad extraordinaria. Donde amamos, y también sufrimos intensamente. Somos nuestros afectos y nuestros sentimientos. Y esos están volcados en toda su extensión en la familia. Esto siempre fue así. Pero en las sociedades modernas, con el aislamiento familiar, se ha agudizado. La familia es realmente el único espacio disponible donde uno se manifiesta como realmente es, donde uno expresa sus sentimientos íntimos con auténtica pureza.
Y, por fin, en sexto lugar, la familia ordena las relaciones entre generaciones. Las generaciones son una pieza clave de la sociedad. Las provoca el envejecimiento progresivo que sufrimos. Y la continua oleada de la reproducción hace que haya, en un mismo momento, millones de sujetos agrupados por edades aproximadas. No es fácil la convivencia de unos con otros. Nunca lo ha sido ni nunca lo será. Los más jóvenes son de una manera determinada, y ven la vida así también. Y esa manera, ese entendimiento de la vida, no son iguales que los de los que tienen una edad mediana. Y estos tampoco coinciden con los de edad más avanzada. Este permanente conflicto, del que tanto se habla y que tanto parece preocupar, realmente, es algo muy sano para la sociedad. Los más jóvenes empujan a los más viejos, y los más viejos, aplicando el sempiterno principio maltusiano de que aquí ya no caben más, se defienden de los jóvenes llamándolos alocados e impulsivos. El resultado del conflicto generacional es siempre la renovación, la nueva forma de hacer las cosas. Nos habríamos extinguido ya sin el relevo generacional. De puro agostamiento, de puro desgaste natural.
Estos seis grandes comportamientos están en la sociedad. Ninguna institución social que no sea la familia es capaz de aglutinarlos y hacerlos funcionar al unísono, en el mismo espacio. Mirada así, la familia es una institución que economiza muchos medios y recursos, que hace mucho a la vez con pocos recursos. Quizá Por eso siempre ha existido y siempre existirá la familia. Porque es, simple y llanamente, insustituible.
Como no podía ser de otra forma, La familia es algo elemental, útil, funcional. Una fuente de placeres, y también de horrores cuando las cosas van mal. Es inevitable. Si usa tantos recursos al mismo tiempo, es lógico que, si quiebra, produzca grandes daños a los individuos. Es, ante todo, una forma sabia de ordenar la conducta de los individuos. De permitir que sobrevivan, que cambien, que avancen. Para que la sociedad haga lo propio. Ya les he dicho varias veces que hay muchos modelos de familia. Cada cultura, cada sociedad, cada tiempo genera el más adecuado. Las pautas culturales vigentes en una sociedad determinada suelen arraigar y ocultarse en el reducto más inasequible de todos: el interior de todos nosotros. Por eso, cambiarlas resulta una tarea lenta y lleva mucho tiempo. No se pueden cambiar por decreto. Y, como no podía ser menos, los cambios familiares son siempre muy lentos.
Sin embargo, en las últimas décadas se han producido una serie de cambios vertiginosos que han modificado una parte sustancial del modelo familiar. Nuestras familias actuales se parecen mucho a las del pasado en algunas cosas, pero no tienen nada que ver con ellas en otras tantas. El cambio ha sido tan rápido que el modelo familiar que acometen sus hijos o sus nietos se parece poco al que ustedes acometieron cuando eran jóvenes. Cuando se producen cambios tan vertiginosos, da precisamente eso: vértigo. Hay cuatro factores que se han modificado en poco tiempo y que han impactado de lleno en la familia: el control de la reproducción, el acceso de la mujer al mercado de trabajo, la mejora de los niveles educativos y la implantación de una cultura de la igualdad. Cuatro factores claves que veremos con algún detalle.
EL CONTROL DE LA REPRODUCCIÓN
Venimos de un modelo familiar articulado alrededor de una unidad formada por dos personas: un hombre y una mujer. Y aquí ya registramos rápidos cambios. Los anticonceptivos son un invento de los sesenta. Antes, durante toda la historia de la Humanidad, el hombre nunca pudo controlar la reproducción sin utilizar mecanismos rudimentarios, poco eficaces y muy agresivos. El hombre podía regular fácilmente algo tan importante como la reproducción. Y la reguló a la baja, frenando drásticamente el número de hijos. Los datos, aunque bien conocidos, no dejan de sorprender. El resultado es que hemos pasado de una familia nuclear con muchos hijos a otra muy reducida. Las repercusiones del fenómeno son, sencillamente, extraordinarias. La forma de vida moderna (vivir en ciudades, trabajar en lugares distintos a donde se vive) ha provocado que se debiliten los lazos familiares con parientes próximos (primos, tíos y abuelos). Eso que llamamos la familia extensa ha sido siempre una red amplia de apoyos y relaciones. En poco tiempo ha quedado reducida a contactos esporádicos, celebraciones de bodas, bautizos, funerales y poco más. La familia ha sido siempre una unidad de producción, y consumía más bien poco. La familia ha dejado de ser la unidad productiva que era, y se ha convertido en una pura y dura unidad consuntiva: sólo consume. Y consume mucho. Como unidad productiva, funcionaba bastante bien aplicando criterios desigualitarios (cuando al padre se le llamaba de usted). Como unidad de consumo, funciona mejor usando criterios igualitarios: todos colaboran de manera aproximada en las estrategias de consumo. Los hijos han dejado de ser mano de obra y se han convertido en unos seres dependientes a los que hay que mantener durante muchos años. Y no sólo mantenerlos en el plano de la supervivencia (con poco comer y poco beber), sino en unas exigencias muy superiores: buena ropa, buenos colegios, dinero para el ocio y los caprichos, estudios superiores, estudios en el extranjero, excursiones; y luego, ayudar a comprarles un piso.
EL ACCESO DE LA MUJER AL MERCADO DE TRABAJO (EMANCIPACIÓN DE LA MUJER)
Como media tardamos más en morirnos, y eso es una novedad. Aunque quizá sea más cierto decir no que vivimos más años que antes, sino que muchos más viven más años que antes. Este fenómeno, también novedoso en la historia humana, ha provocado que sea normal encontrar tres generaciones activas socialmente conviviendo en la red familiar; y, a veces, incluso cuatro. No es igual hacer funcionar una familia con dos generaciones que con tres o cuatro. Para lo bueno y para lo malo. Esta situación ha obligado a reajustar muchas cosas, algunas de ellas muy positivas. Quizá la más llamativa sea la forma en que la mujer ha podido conciliar el hecho de ser madre con su inserción en el mercado de trabajo. El varón, su pareja, poco a poco va echando cada vez más una mano en casa; pero sabemos que sigue siendo reticente. Los abuelos están jugando un papel clave en este escenario. Apoyan a la familia nuclear que tiene niños pequeños (es decir, apoyan a sus hijos), y solventan la custodia cotidiana de los pequeños para que la mujer pueda trabajar. Es sólo un ejemplo de cómo la solidaridad intergeneracional se ha puesto en marcha para sacar adelante el moderno proyecto de familia en los tiempos que corren. En un mundo en el que la familia nuclear tiende a quedarse más aislada que en el pasado, surge el refuerzo de la tercera generación, la de los abuelos, para prestar un apoyo realmente impagable. Quizá sea ésta la primera vez en que millones de niños mantienen un contacto cotidiano y muy rico con sus abuelos. Lo imponen las circunstancias, sí; pero lo que importan son los resultados.
LA MEJORA DE LA EDUCACIÓN
En un mundo sumido en una transformación tan grande, no podría haberse producido la gran movilidad ascendente tanto de hombres como de mujeres si no se hubiesen mejorado sustancialmente sus niveles educativos. Esta mejora educativa es una de las principales bases de la igualdad entre sexos; una verdadera rampa de lanzamiento del principio de igualdad de oportunidades que ha beneficiado especialmente a las mujeres. Hasta hace muy poco tiempo, se ha entendido que la mujer no tenía que estar educada. Su destino era el matrimonio. Después del padre, ya se haría cargo de ella otro hombre hasta el final de sus días. Mientras llegaba ese final, su función inmediata era la procreación, llevar la casa, y trabajar todo lo que pudiese en tareas no remuneradas, como el campo, por ejemplo. La mujer sigue manteniendo sus posiciones mayoritarias en los estudios ya clásicos (enfermería, por ejemplo), y ha invadido masivamente y con un enorme éxito otros terrenos de elevada altura profesional, como la judicatura o la medicina. Nos sigue faltando lo más importante, lo que es más difícil de conseguir: el cambio de mentalidad. La mentalidad surge con raíces profundas que superan a los individuos. Y siempre ocurre que, cuando se producen cambios muy rápidos, la mentalidad se queda atrás, sigue funcionando como si no se hubiesen producido esos cambios. Los varones no acaban de aceptar que las mujeres operen como ellos, y las mismas mujeres tienden a infravalorarse, movidas por la avalancha de siglos que tenemos detrás. Muchos empleadores siguen sin entender la importancia que para sus empleados (mujeres y hombres) tiene la familia, e imponen horarios abusivos de trabajo y absurdos, propios de otra época; horarios de hombres para hombres (libres de cargas familiares, habría que añadir). Son formas de ser y de pensar que, necesariamente, porque no hay otro remedio, gusten o no gusten, tienen que modificarse. Lo que suele ocurrir es que las generaciones protagonistas del cambio se ven sobrepasadas por él, y son incapaces de cambiar de mentalidad. Para eso está lo que antes les decía del efecto renovador del cambio generacional; el efecto de que llegan nuevas gentes que van creciendo y ocupando sus lugares en la sociedad. La tendencia es clara e imparable: no discriminar ni laboral ni familiarmente por razón de sexo. Y ocurrirá indefectiblemente.
LA IGUALDAD
Más cuesta cómo educar a los hijos. El espíritu igualitario que trajo la democracia ha chocado frontalmente con la necesaria desigualdad que subyace en la familia entre padres e hijos. Los primeros tienen que educar a los segundos, y no al revés. Los padres deben ejercer su autoridad de padres, y los hijos deben luchar por su progresiva emancipación dentro de los cauces de la autoridad de los padres mientras vivan en casa ajena. A fin de cuentas, se trata de un problema de responsabilidad, de que cada parte asuma lo que le toca. Los padres que temen caer en autoritarismos si indican a sus hijos adolescentes a qué hora tienen que volver a casa. Incluso, se puede entender mejor que un adolescente sobrepase todos los límites que el hecho de que unos padres se lo permitan. Con toda seguridad, después de la confusión en la que se han sumido muchos padres en estos tiempos, en la siguiente generación, cuando los que ahora son jóvenes tengan sus propios hijos, veremos un resurgir de autoridades ejercidas con mucha firmeza.
Algo parecido ocurre en el sistema educativo, y así sucede lo que sucede. En clase, quien enseña es el profesor, y quien aprende es el alumno, y no al revés. Y hay clase porque hay que hacer ese trabajo de transmisión de conocimientos. Pero difícilmente puede hacerse si el profesor no cuenta con la autoridad suficiente, y tampoco si el alumno no sabe que, cuando va a clase, va a eso, a estudiar, y no a otra cosa.
FRAGILIDAD DE LA FAMILIA MODERNA (EL DIVORCIO)
Esta familia en la que los papeles sociales de marido y esposa (o similares; compañero y compañera, o algo parecido) han sufrido tan gran transformación; esta familia en la que la mujer es independiente del hombre en todos los sentidos, es más frágil que la antigua. Los partícipes son más libres, y, por tanto, el lazo familiar es más vulnerable. El divorcio es otra de las características de la familia moderna. No quiere decir, ni mucho menos, que todas las familias lo registren. Lo que sigue normalmente al divorcio es otro matrimonio, otro emparejamiento. Vivimos los tiempos de la monogamia sucesiva; una pareja sigue a la otra. El divorcio no es más que un signo de la libertad. Y los problemas que trae consigo también son signos de libertad. En ningún sitio está escrito que la libertad traiga felicidad al cien por cien y para todo. Es mejor la libertad de los adultos que la sujeción en contra de la voluntad de alguien. La familia da felicidad, pero también puede cercenarla. Igual ocurre con el divorcio: puede traer desgracia, pero también puede traer bienestar. Poco hay que discutir ante una cuestión compleja que atañe a los entresijos más íntimos de una familia; entresijos en los que no cabe aplicar reglas generales. A los que tengan un especial prejuicio frente al divorcio, sólo puedo decirles que no crean que, cuando no lo había, la gente era más feliz en sus familias. Simplemente, no sabemos nada de lo que se ocultaba en ellas, de cuánta infelicidad había. Al final, lo que ocurre es que una familia es estable si merece serlo, lo que interesa, es el bienestar de los individuos. La igualdad ha pasado a ser un gran valor cultural, muy apreciado. Es la base de la democracia que vivimos. Somos iguales votando, somos iguales ante la justicia, disponemos de un sistema educativo y sanitario que trata por igual. Es bueno que sea así. Libertad e igualdad han venido de la mano.
CONCLUSIÓN
¿Hay vida social más allá de la familia? La respuesta es: sí, claro que sí. La vida social no se agota, ni mucho menos, en la familia. Incluso, hay muchas cosas que la familia no puede dar. El reconocimiento profesional, el prestigio entre otras gentes distintas, el simple contacto con el extraño. La familia es la célula básica de la sociedad, cierto. Pero no es la sociedad. Y todos nosotros pertenecemos a la sociedad, somos parte fundamental de ella, somos ella misma. Podemos vivir individualmente sin familia, pero no podemos vivir sin sociedad, porque quedaríamos reducidos a entes individuales aislados. La buena vida humana, en el sentido aristotélico, es social, no necesariamente familiar. Pero si es familiar a la vez que social, mucho mejor.
Los seres humanos somos de una enorme complejidad. La familia propicia un orden en las relaciones sociales que es bueno para la vida comunitaria. Pero no es capaz de cubrir al completo la inmensidad de las pulsiones humanas. Lo importante es que los seres humanos tengan libertad, y sean capaces de alcanzar su propia felicidad en los términos que mejor corresponda. Lo importante es que haya bienestar

La familia, entre la añoranza estéril y las incertidumbres del futuro. Javier Elzo Imaz
La familia familista es, para muchas personas, digamos que tradicionales en el sentido de que miran con agrado lo que siempre han conocido y valorado como bueno, sería el modelo de familia “de siempre”, ideal y relativamente añorado. Se trata de una familia donde las responsabilidades de unos y otros están claras y son asumidas sin dificultad, por previamente sabidas y reconocidas. En concreto los papeles paterno y materno están muy definidos al modo tradicional, pero sin las aristas más sangrantes de la prepotencia del hombre sobre la mujer. Familia en la que las relaciones de padres e hijos son buenas, las mejores de entre los cuatro grupos que conforman nuestra tipología. Padres con identidades fuertes (mayor presencia de católicos practicantes, pero también hay agnósticos y no creyentes por encima de la media), con opciones probablemente ya asentadas.
Este modelo de familia tiene el hándicap de un enroscamiento excesivo en sí misma, con una mirada básicamente precautoria hacia el exterior, exterior con el que algún día los hijos tendrán que enfrentarse, ya fuera del nicho familiar. Esta familia tiene capacidad para transmitir los valores de los padres. La duda, nuestra duda decíamos al año pasado, está en si la transmisión de valores, realizada, en este caso, por reproducción de lo inculcado por sus padres se ha hecho propia, esto es, si ha pasa- do por el cedazo de la duda y la confrontación personal al modo como se realiza la socialización en la mayoría de la juventud actual, sobre todo cuando tal socialización tiene alguna espesura. Esto es, nos preguntamos cómo reaccionarán los hijos cuando salgan a la intemperie, fuera del hogar, del nicho cálido en el que han vivido. No queremos dar la impresión de que necesariamente el choque con la realidad vaya ser desestabilizador. De hecho, no tenemos suficiente información pero algo sí podemos decir y algo importante: el modelo de familia en el que ellos se han educado está desapareciendo a ojos vista, especialmente en las capas sociales más formadas, en un punto central y neurálgico de ese modelo familiar. Me refiero al concepto y realidad de “ama de casa”. Es el papel de la madre, y lo que supone de reordenación del padre, cosa que se olvida demasiado, lo que hace que ese modelo tradicional de familia esté llamado si no a desaparecer sí a ser profundamente remodelado. Los datos de las encuestas de valores nos dicen, por ejemplo”. Sí, otro mundo se abre, ante el que no cabe ponerse una venda en los ojos sosteniendo el modelo familista como el único modelo válido de familia, ni necesariamente el mejor, al menos tal y como lo presentamos en la tipología.
La familia que hemos denominado adaptativa es el modelo más moderno, el que mejor refleja la realidad y las tensiones de las nuevas familias. Mosaico de modelos más que un solo y único modelo lo definíamos “por la búsqueda de acomodo, de adaptación a las nuevas condiciones, a los nuevos papeles del hombre y de la mujer de hoy en el microcosmos familiar, al creciente protagonismo de los hijos que vienen pidiendo autonomía nómica (quieren crear “su” universo de valores), y que también pretenden libertad en el uso y disfrute del tiempo libre a la par que acompañamiento (discreto pero efectivo) de los padres en su inexorable autonomización. Unos hijos que están dispuestos a llevar esa autonomía a la práctica en el modo de vivir con sus pares, en los estudios, en el trabajo pero, siempre, entendiendo que su hogar familiar de origen, el de sus padres, seguirá siendo el suyo hasta bien entrada la veintena (si no es la treintena ya cumplida), cuando se decidirán, no antes, a crear su propio espacio. Los padres que intentan gestionar estos hijos y la interrelación que se establece entre todos, padres e hijos, conforman este cuarto macro modelo de familia.”
Este mosaico emergente de familias parece ser la familia de la “negociación”, de la búsqueda, del acomodo, no llegando siempre y, menos aún a corto plazo, a los resultados deseados. Acomodo en la pareja, acomodo entre la vida intrafamiliar y la promoción social del hombre y de la mujer. Familia con tensiones, familia que se busca sin modelos a los que referirse, familia rompedora con lo existente, creadora de nuevos moldes, familia con incertidumbres pero, las que atraviesen con éxito la prueba de la adaptación a la modernidad, permitirán a las nuevas generaciones insertarse con mayo- res garantías en la sociedad del futuro. Ausencia de conflicto en la adolescencia, en el seno de las familias, decíamos en el estudio reseñado, no es garantía de solidez en las estructuras nómicas adquiridas y conformadas con las que andar por la vida, ya adultos, con criterios autónomos.
Estas familias adaptativas, corren el riesgo de rupturas por desentendimientos entre padres e hijos, así como en la propia pareja. De hecho presentan la mayor presencia de parejas separadas y están en la capa social en la que estas situaciones se dan con más frecuencia. De ahí, entre otras causas, la presencia de conflictos en su seno, pero la preocupación por los hijos, los intentos de diálogo, la preocupación y, relativa, implicación por lo que sucede más allá de los muros familiares, hacen pensar que estamos, además de ante los modelos de las nuevas familias, aquellas en las que, junto con las familias del primer grupo, haya transmisión estructurada de valores y mayor probabilidad de que los hijos se adapten, autónomamente, a la nueva sociedad.
El matrimonio se constituye porque dos personas deciden convivir en niveles de integración y participación variables pero que, en la gran mayoría de personas, buscan algo más que “vivir con”, como si de una fonda particular se tratara. Supone, en la gran mayoría de los casos, hacer la vida conjuntamente, en su dimensión sexual, social, participando en los gastos domésticos, abriéndose en lo afectivo, emocional, apoyándose en las mil dificultades de la vida etc., etc. No se trata de que todo hayan de hacerlo juntos, pero sí que todo, o casi todo —pues siempre hay zonas de intimidad no trasmisibles ni en los matrimonios más fusiónales— ha de ser objeto de puesta en común, discusión, con el objetivo de conformar una unidad y no la suma de dos unidades absolutamente diferenciales.
En este modelo matrimonial puro, de pareja, cabe, en los extremos, dos planteamientos que resumiríamos así: se trata de dos personas que se buscan, buscando el propio interés o de dos personas que se buscan buscando el interés de ambos. En el primer caso estaríamos ante dos individuos que en realidad, conscientes de ser seres sociales, buscan en el otro la respuesta a su propia y particular necesidad de sociabilidad y en tanto el otro se lo ofrezca mantendrán la relación de pareja. Cada individuo tiene como proyecto vital el desarrollo de su persona. Esto va mucho más allá del individualismo como actitud y de la individualización social como categoría sociológica y, propia- mente hablando, cabe hablar, de egotismo a dos. Es evidente que esta pareja tiene escasas posibilidades, no diré de perpetuarse sino, incluso, de mantenerse como tal pareja un tiempo prolonga- do. Obviamente, en este modelo el hijo solamente puede venir como consecuencia de un “despiste” y, si tal cosa sucediera, normalmente no llegará a nacer. Gilles Lipovestsky en la conferencia que pronunció en el congreso de 2003, La familia en la sociedad del siglo XXI, lo dice con claridad meridiana, con estas palabras: “la familia post-moderna es la familia en la que los individuos construyen y vuelven a construir libremente, durante todo el tiempo que les dé la gana y como les dé la gana. No se respeta la familia como familia, no se respeta la familia como institución, pero se respeta la familia como instrumento de complemento psicológico de las personas. (...) Es como una prótesis individualista. La familia es ahora una institución dentro de la cual los derechos y los deseos subjetivos son más fuertes que las obligaciones colectivas”. Este modelo de familia (que yo prefiero llamar pareja) existe.
En efecto, siguiendo la reflexión a nivel de pareja, hay que señalar que es muy distinto el caso de dos personas que deciden convivir para hacer una vida conjunta, tener un proyecto compartido de vida, aun manteniendo espacios y ámbitos de privacidad y de gran discreción, no necesariamente compartidos. Conforman una pareja que, como tal pareja, se sitúa en la vida, vida que la quiere vivir como proyecto compartido. Conforman lo que se llama una pareja estable, que la diferencia del matrimonio porque no han querido adquirir el compromiso social de aparecer como tal, sea de forma canónica, esto es, el matrimonio religioso, sea de forma civil. El otro y yo, como pareja, queremos construir un modo de vida, un estilo de vida y hasta un proyecto de vida. En este modelo el hijo, aunque no conforme la prioridad de la unión que estaría en el proyecto de vida compartido, el hijo, decía, es posible y puede aparecer en el horizonte vital de la pareja, una vez asentada y que propiamente sería fruto del amor y de una decisión consciente y madurada. Es un hijo querido, propio o ajeno, biológico o adoptado, natural o consecuencia de una fertilización in vitro, inseminación artificial etc., y no un hijo sobrevenido. La mujer no “se ha quedado embarazada” y ha dado a luz un niño. No, el niño nace, o se adopta, de la voluntad explícita de sus padres y no viene caído del cielo. Entonces esta pareja, propiamente hablando, se hace familia.
Cada día me inclino más a reservar el concepto de familia a una unión intergeneracional (de dos generaciones) en la que la generación adulta asume la responsabilidad de educar al miembro o miembros de la generación menor con los que conviven de forma estable y duradera. Según este planteamiento, bajo el concepto de familia englobaría, además de lo que se conoce como familia nuclear, padre, madre e hijos, y por supuesto la familia tradicional de más de dos generaciones, también las familias monoparentales, las familias de personas del mismo sexo que adopten hijos, así como las denominadas familias de acogida.
El desarrollo del matrimonio de elección, en el que los dos cónyuges se han escogido libremente y el amor por los hijos actúan conjuntamente. Y añaden, citando a Shorter “el cimiento afectivo de la familia moderna engloba más que el marido y la esposa: mantiene también a sus hijos en el interior de esta unidad sentimental”. La referencia a Lipovestsky más arriba, las que formularemos más adelante de otros. Según este planteamiento, lo esencial y la especificidad del modelo estarían en el compromiso y la consiguiente responsabilidad personal y social de conducir a la edad adulta, eso es educar, a los menores de edad que, obviamente, necesitan el soporte material, afectivo y nómico de las personas adultas hasta su emancipación. Lo secundario es la modalidad formal de la pareja adulta. Que tengan unos padres de sexo diferente o del mismo sexo, que tengan dos padres o uno, que sean hijos biológicos de sus padres o que sus padres los acojan sin ser ellos mismos los padres biológicos, que los hijos hayan nacido mediante el recurso a la inseminación artificial u otras formas de reproducción que aún no podamos prever aunque sí vislumbrar. Me parece, añado como inciso, que estimo muy importante comenzar a reflexionar en una perpetuación de la raza humana en la que se dé una disociación mucho más marcada que en la actualidad entre la relación sexual y la reproducción de la especie humana. La ciencia biotecnológica no ha hecho sino empezar y, no nos engañemos, no cabe poner fronteras a la investigación. Todo lo que se pueda hacer, se hará. Las familias no pueden sustraerse a la realidad social en la que se insertan. Y hoy vivimos un periodo de mutación histórica.  La mutación histórica en la que nos encontramos se basa, cual trípode inestable, en tres dimensiones: la globalización, la revolución tecnológica y el nuevo papel de la mujer. Esto da lugar a una evolución de los valores que, siguiendo un esquema de José Luis Pinillos, he intentado describir, en una visión diacrónica, como el del paso de los valores modernos a los postmodernos y en una visión diacrónica como la instauración de unos valores en los que prima la búsqueda del bienestar desde el paradigma de la individualización. creo que para entender y analizar las nuevas familias debemos situarlas en este contexto, demasiado sumariamente señalado, lo concedo, del que cabe subrayar dos dimensiones por su cercanía al tema que nos ocupa: el fenómeno de la individualización (a caballo con la secularización, fenómenos difíciles de separar) como característica mayor de nuestro sistema de valores y, conjuntamente con ello, la inserción social de la mujer que prácticamente ha abandonado, en las clases dirigentes, su estatus mayor de “ama de casa”. Estamos ante dos vectores centrales y determinantes de la nueva sociedad, luego de las nuevas familias. El fenómeno de la individualización aplicada a la familia ha sido objeto de atención y estudio fuera del marco de las encuestas de valores. No hay norma externa a la pareja. La norma la establece cada pareja, cuando no cada individuo en la pareja. Son o pretenden ser autónomos, esto es creadores de sus propias normas. Esta es la fuerza y la debilidad del matrimonio moderno y la causa del vértigo y de sus múltiples incertidumbres.
Es consecuencia de las dificultades inherentes al modelo romántico, electivo, de la familia actual. Que aumente el número de divorcios no es sino la cara invertida de este modelo de familia electiva, supremo objeto de deseo en el que tantas esperanzas se pone.
Porque somos seres sociables y queremos compartir nuestra vida con otra persona. No queremos vivir solos. Queremos vivir con otra persona. Y queremos vivir felices con otra persona. Muchos que- remos además que nuestro amor, no sólo perdure sino que se traslade a nuestros hijos. El amor se marchita, se rompe, y lo que se pensó como un espacio de cariño y ternura se convierte en flor mustia, cuando no en corona de espinas. La separación se hace inevitable. Se ponen tantas esperanzas en la familia, que no podemos soportar que nos hayamos equivocado. La familia se rompe a nuestro pesar, hasta con alivio cuando la situación se hace insoportable.
Pero esta situación no supone en absoluto la muerte de la familia. La familia puede morir, lo repito, cuando ésta se agote en la pareja
Hijos y abuelos conforman dos aspectos de la familia que, en la insistencia por la individualización y la pareja corren el riesgo de quedarse en la penumbra. La mayor parte de las mujeres desean tener hijos y sabemos también que la familia extensa no ha desaparecido tan fácil y prontamente como a veces se da a entender. Mientras la responsabilidad de cuidar y educar a los hijos responda básicamente a las madres, en tanto que los padres, de facto, dedican a esa labor un tiempo y un empeño infinitamente menor y mientras las políticas sociales de ayuda a la familia son las que son, las mujeres se enfrentan ante una situación casi imposible de compaginar el cuidado de sus hijos con su promoción social.
Aunque no pocas veces se relaciona de forma demasiado simplista la caída de la fecundidad y el aumento de la actividad profesional de las mujeres, es evidente, sin embargo, que hay relación entre ambos fenómenos. en todos los países modernos avanzados han disminuido las tasas de natalidad y, al mismo tiempo, se ha incrementado la participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Pero no se puede demostrar una relación de causalidad entre ambos fenómenos, como bien apunta Luis Flaquer. Así hay países con altas tasas de actividad económica “En los países familistas existe la prescripción legal de que padres e hijos adultos son ante todo recíprocamente responsables de su mantenimiento en caso de necesidad. Se da también una aversión sistemática a proveer de servicios de cuidados a las familias y cuanto más familista es un Estado de bienestar, menos generosas son las prestaciones familiares. Se da por sentado que las familias son los marcos relevantes de la ayuda social y se parte del supuesto de que las familias nunca ‘fallan’. Si esto es así, un régimen desfamiliarizador es aquél que trata de descargar el peso de los hogares en la provisión de bienestar y disminuir la dependencia de los individuos de las redes de parentesco. La desfamiliarización (consiste pues en) políticas que aminoran la dependencia de los individuos de la familia y que maximizan su control de los recursos económicos independientemente de las reciprocidades familiares o conyugales.”
La evolución de los valores familiares, especialmente en la gente joven, han dejado ya atrás la idea de que el varón haya de ser el sostenedor financiero de la familia. Otra cosa bien distinta es que de hecho así sea, pero esta realidad, en gran medida, no es sino la consecuencia de una política familiar francamente raquítica que, de hecho, deja en los padres la responsabilidad financiera de sustentar la crianza y educación de los hijos. Y como el hombre encuentra más fácilmente trabajo y, en muchos casos, ganando más que la mujer trabajando lo mismo, la consecuencia es obvia: es usual que hombre trae el dinero a casa donde la mujer se queda. La cuestión de la compatibilización de la inserción y promoción social de la mujer con la crianza y educación de los hijos trasciende al núcleo familiar y es un problema social. Inés Alberdi lo decía en el primer congreso de La familia en la sociedad del siglo XXI en su intervención que tenía precisa- mente como tema “conciliación entre el trabajo y las responsabilidades familiares de hombres y mujeres.” En las conclusiones de sus reflexiones dice que “…la primera forma alternativa de enfrentarnos a los problemas de las familias jóvenes de hoy en día, es plantear que los problemas son sociales, que los problemas son de todos y que la familia es un gran valor social en nuestra cultura, en nuestra tradición y en nuestra sociedad y que la tenemos que proteger y preservar entre todos. Lograr que ese tránsito se haga de la mejor forma posible es labor de sus padres, sí, pero también del conjunto social. Por lo demás, la Psicología parece ponerse de acuerdo en señalar que los primeros años de la vida de una persona son capitales. No voy a detenerme aquí en la cuestión de si es preferible la guardería al cuidado del hijo en el hogar al menos el primer año de su vida, si no los dos primeros. Pero sí parece razonable prever la posibilidad de que en los primeros meses, si no años de la vida, el padre o la madre, o ambos de forma compartida, puedan, sin quebranto económico y sin menoscabo de su vida laboral dedicarse a la educación de sus hijos Además ayudaría a solventar la “mala conciencia” de muchos padres (más madres que padres en masculino, digámoslo sin ambages) que sienten como un continuo escozor en su conciencia por no dedicarse más a sus hijos. Porque hay que decirlo una y mil veces, no hay más hijos porque es complicado tenerlos en nuestra sociedad, con nuestros baremos y criterios de atención a los hijos, y con el nivel (que no calidad de vida) que queremos tener y mantener, hay que añadir también. Hijos que, por primera vez en la historia de la humanidad, nacen cuando nosotros queramos que nazcan (o casi porque a veces no conseguimos que nazcan cuando los deseamos) a diferencia de lo que sucedía, todavía ayer mismo, que nacían cuando el cielo o la naturaleza querían.
Porque no estamos, como se dice a veces, en el fin de la familia por la emancipación de la mujer, pues la mujer desea tener hijos y educarlos ella misma, eso sí, en corresponsabilidad con su marido y sin que vaya en detrimento de su promoción profesional y social. No veo tampoco ventaja alguna en trasladar la educación de los hijos al Estado y que no sean los padres quienes la asuman. Claro que el Estado debe respetar exquisitamente la dimensión nómica de la familia y su composición formal. Hay un modelo que me resulta particularmente grato, al que denomino de “autonomía familiar” compartida entre los padres (biológicos o no) y firmemente sostenida por la sociedad a través del Estado.
Javier Elzo Imaz Catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto.

Los padres frente al proceso de formación de sus hijos. Ángela Marulanda
Según el Diccionario de la RAE “formar” significa “criar, educar y adiestrar”. Pero cuando hablamos de los hijos: es abordar el desafío de facilitar el desarrollo armónico de todo el potencial y los atributos que requieren las nuevas generaciones para dejar una huella positiva en su paso por la vida, y en esa forma, construir nuestro propio legado prolongándonos en la existencia a través de la suya.
¿Cómo hacerlo? Partamos del hecho que la vida es algo así como una incierta travesía por las montañas, en la que recorremos caminos inesperados, surcados de experiencias tanto difíciles y dolorosas como fascinantes y maravillosas, encaminadas a apoyarnos en el proceso de crecer y llegar a la cima de nuestra madurez. La madurez es esa cumbre que se hace evidente, no cuando somos grandes en términos de años, tamaño físico o capacidad intelectual, sino cuando gracias a las experiencias edificantes que superamos sin sucumbir, gozamos de la serenidad, ecuanimidad y bondad que nos hacen exquisitamente humanos. A la vez, es la madurez la que nos permite contar con la sabiduría y la fortaleza necesarias para trascender en la existencia porque hemos dejado a nuestro paso algo que nos hace inmortales en el corazón y en la vida de quienes nos siguen en esta trayectoria.
Formar a los hijos significa promover en ellos las capacidades y virtudes que requieren para crecer y adentrarse en los trayectos más empinados y difíciles que encontrarán al llegar a la edad adulta y que los conducen hacia la cumbre de su propia madurez. Teniendo en cuenta que el papel de los padres “no es preparar el camino para los hijos, sino preparar a los hijos para el camino” nuestra labor es entonces la de hacer posible que desarrollen todas aquellas condiciones esenciales para esta trayectoria.
Hablaré del papel de los padres en la formación de los hijos centrándome en dos elementos funda- mentales para este propósito: 1) la autoestima, ese motor del que surge la fuerza y motivación para avanzar, y 2) el carácter, aquel que actúa como guía por cuanto de él nacen las cualidades que nos muestran el Nortey a la vez nos ofrece la fortaleza para ponerlas en práctica. Una autoestima positiva y un carácter sólido y bien estructurado son los que hacen posible que los hijos puedan ascender los trayectos más empinados y conquistar grandes alturas en su evolución personal.
LA FORMACIÓN DE LA AUTOESTIMA
"No hay juicio más importante para una persona ni factor más decisivo en su desarrollo emocional, que la opinión que tenga sobre sí misma” Nathaniel Braden, Ph.D.
Las aspiraciones de la mayoría de los padres van mucho más allá de evitar que los hijos no vayan a caer en la droga, ser delincuentes o sufrir algún descalabro. Deseamos que nuestros hijos tengan los atributos que contribuyen a su felicidad: confianza en sí mismos, un alto sentido de responsabilidad personal y social, relaciones constructivas con los demás, éxito en sus estudios y en su profesión, capacidad para formar un hogar sólido y estable cuando sean adultos, para mencionar sólo unas cuantas. “Hoy día hay suficiente evidencia para afirmar que una autoestima positiva es clave para que los hijos triunfen en la vida.”. Es el término que se usa para referirnos a ese juicio personal —o autoestimativo— que hacemos sobre nosotros mismos como personas, que se traduce en qué tan a gusto (o disgusto) nos sentimos con lo que somos. De tal manera que una autoestima positiva es evidencia de una aceptación incondicional de uno mismo y de confianza y satisfacción con lo que se es, independientemente de lo que tenga o lo que sea capaz de hacer. Una persona con una buena autoestima se respeta y se valora como es, acepta sus sentimientos y emociones, tiene confianza en sus opiniones, conoce y utiliza sus cualidades y se siente digna de ser amada. Es, así mismo, capaz de reconocer sus fallas e imperfecciones porque gracias a la seguridad que tiene en su calidad como persona puede comprender que, cualesquiera que sean sus limitaciones o errores, sus defectos no le restan valor como ser humano.
Una autoestima sólida se basa en un arraigado sentimiento o convicción de que somos tanto valiosos como competentes porque contamos con las capacidades necesarias para hacerle frente al mundo y sus vicisitudes. Ambas convicciones deben darse simultáneamente para que haya una buena auto-evaluación que se traduzca en una profunda apreciación y respeto por sí mismo.
Lamentablemente, Una autoestima positiva y bien estructurada es aquella que demuestra quien se siente capaz y valioso, no sólo como producto de saberse amado y valorado, sino ante todo como fruto de la satisfacción de saberse capaz de contribuir positivamente al bienestar del mundo que lo rodea.
Así, cuando los padres nos dedicamos a darles mucho y a exigirle poco a los hijos (cosa frecuente en nuestros días), no los convencemos de que son valiosos sino de que no tienen nada que aportar. Como resultado de tener más diversiones y oportunidades de las que se merecen, así como demasiados privilegios y pocos límites, los niños están hoy creciendo convencidos de que tienen derecho a todo a cambio de nada. No se está promoviendo en ellos una buena autoestima sino cultivándoles una gran “egoestima”. Lo que se les está fomentando es el narcisismo, convirtiéndolos en personas indolentes e individualistas, que piensan ante todo en sí mismos y anteponen su apetencia individual y su beneficio personal sobre todo lo demás. En esta forma se está además impidiendo que desarrollen las fortalezas que les permitirán crecer y gozar de las satisfacciones inherentes a ser personas útiles y virtuosas.
CÓMO FORTALECERLA:La autoestima se forma en las personas como consecuencia del amor que reciben de los seres más significativos en su vida, especialmente de sus padres, y de la evaluación que haga de sus capacidades. Con base en las apreciaciones de quienes le rodean, los niños llegan a la conclusión de que son seres valiosos e importantes cuando se les demuestra una sincera aceptación e interés por ellos.
El concepto de sí mismo se comienza a formar en el ser humano desde el mismo momento de su nacimiento y buena parte de su autoevaluación es producto de las ideas que se forma sobre quién es él para sus padres. Una buena autoestima no es algo que los padres pueden dar o imponer sobre sus hijos. Inicialmente los niños llegan a conclusiones sobre sí mismos en parte como producto de sus propias observaciones sobre su desempeño, pero en mayor parte como resultado de las actitudes frente a ellos y sus atributos de parte de quienes los rodean, siendo éstas mucho más importantes que las capacidades mismas con que hayan sido dotados.
La calidad del ambiente en que crezcan los hijos, la cantidad de afecto, comprensión e interés que reciban en su hogar, y la aceptación incondicional de sus padres respecto a lo que ellos son como personas son decisivos para el concepto que formen de sí mismos.
Desafortunadamente hay algunos hijos que no son aceptados porque nunca fueron deseados o porque resultaron ser muy distintos a lo que soñaban sus padres: es de piel trigueña en una familia en que todos son muy blancos; es mal estudiante y en su casa el éxito académico es fundamental, es poco flexible en una familia de deportistas, es tímida en una familia muy sociable, es gorda y en su casa le dan un gran valor a tener una figura física muy atractiva; es mujer y sus padres esperaban un varón, o viceversa, y así sucesivamente.
Ninguna actitud confirma más claramente al niño que es valioso como persona que el respeto que le demuestren sus padres por él, por sus características y por sus percepciones y sentimientos. Respetar a un niño implica, entre otros, hablarle con amabilidad y cortesía aun para reprenderle, no criticarle ni regañarlo en forma que lo menosprecie o humille, y aceptar que exprese sus emociones, poniendo un límite a sus actos pero no a sus sentimientos. Un buen principio de respeto es nunca hacer o decir a un hijo lo que no se haría o diría a un buen amigo.La verdadera autoestima, aquella que no se derrumba ni en los momentos más difíciles, se desprende de la convicción de que somos personas valiosas y que estamos contribuyendo en alguna medida al bienestar del mundo que nos rodea. Cuando el valor personal florece en los niños como resultado de cultivarles sus sentimientos naturales de generosidad, autenticidad, integridad, honestidad, lealtad, o solidaridad para con los demás, en una palabra de cultivar su bondad, éste no se menoscabará ante cualquier cambio de fortuna en su vida. Tales cualidades lejos de ir desapareciendo con el pasar de los años como ocurre con la fuerza física, la agilidad muscular, la rapidez mental o la lozanía de la piel, pueden crecer con el tiempo y así garantizar que la autoestima tenga siempre un asidero sólido, que se fortalezca día a día con las experiencias de la vida.
Los seres humanos estamos llamados a dar y a contribuir, tanto como las plantas a florecer y a dar frutos. Así, la autovaloración resultante de saberse capaz de colaborar activamente con el bienestar de los demás es la semilla de una autoestima que promete grandes frutos. Cuanto más se impulse a los hijos a que aporten y sirvan, inicialmente en su hogar y posteriormente a su comunidad y a los demás, mayores serán las posibilidades de que formen un buen concepto de sí mismos y lleven una vida plena y satisfactoria. Está visto que las personas más felices no son las que tienen más sino las que dan más, porque su verdadera realización dependerá, ante todo, del bienestar que siembren, de las buenas obras que cultiven y de las satisfacciones que logren cosechar. Todos tenemos el poder de promover en nuestros hijos la calidad humana, la fortaleza y el coraje que les ayude a desarrollarse como adultos bondadosos y satisfechos consigo mismos, “capaces de desarrollar todo su potencial de forma armónica y participativa con los contextos con que interactúa, contribuyendo de forma directa e indirecta a la construcción de un mundo mejor.”Tratar a un hijo de manera que se aprecie y se sienta a gusto consigo mismo, es un legado invaluable para su vida, y ayudarlo a que se valore y se respete es lo mejor que un padre y una madre, ellos pueden darle.
CÓMO FORJAR UN BUEN CARÁCTER EN LOS HIJOS:“Formar un buen carácter en los hijos es enseñarles a tomar decisiones sabias y bondadosas.” Mary Pipher, Ph.D.Quedaron abolidas las normas de conducta para la vida en sociedad y por ello no quedó más pauta que la arbitrariedad.
¿QUÉ SE ENTIENDE POR CARÁCTER?Se puede definir como aquello dentro de nosotros que regula nuestro proceder moral y, en esta medida, es la fuerza que nos encamina a hacer el bien y a evitar el mal. El carácter es algo así como el sistema muscular del alma, por ser aquel que le imprime fortaleza a la voluntad y temple al espíritu. Incluye tanto principios como creencias, tanto sentimientos como actitudes.
Un carácter sólido es lo que nos dota de la fuerza moral para obrar justamente aun en situaciones adversas; lo que nos mueve a hacer lo correcto aunque nadie nos observe; lo que nos hace decir la verdad aun cuando no nos convenga; lo que nos da el coraje para superar las penas aunque no nos creamos merecedores de ellas; lo que nos permite dominar nuestras reacciones e instintos para dejarnos guiar por la sabiduría del espíritu y la bondad del corazón.De tal manera que, así como la fuerza de los músculos es decisiva en los momentos de peligro o en las actividades más exigentes, la fortaleza del carácter es definitiva para no dejarnos desviar por la confusión reinante y salir positivamente transformados por las experiencias difíciles que superamos en este proceso.
El carácter no se inculca ni se enseña, sino que 1) se establece con ejemplo, 2) se fortalece con la voluntad y 3) se forma como resultado de las lecciones arduas que enfrentamos en el transcurso por este mundo. Es cuando no tenemos lo suficiente cuando más gozamos lo que recibimos, cuando nos esforzamos cuando más apreciamos lo que logramos, y cuando atravesamos una profunda pena cuando más nos acercamos a Dios.
Lo que no nos hemos dado cuenta los padres es que dentro de la filosofía de vivir para gozar como medida de felicidad, estamos hartando a los niños hasta el hastío y acabando con su motivación, su entusiasmo y su capacidad de asombro, sentimientos indispensables para que sean felices. Este estilo de vida ha dado lugar a la “enfermedad de la afluenza”, una especie de gripe existencial producto de la abundancia material y la pobreza espiritual con que terminamos el siglo pasado. Y pasa con ésta lo que pasa con la gripe: nada importa mucho porque la única meta es sentirse lo mejor posible. Como parece ser más importante que los niños se sientan bien a que sean buenas personas; y se hacen mayores esfuerzos para que sean felices que para que sean correctos, muchos padres se sienten atrapados a la hora de ponerle a los hijos los límites indispensables para formarlos como personas íntegras. Por esta razón, cada vez hay una tendencia más pronunciada a delegar en terceros (ante todo en las escuelas o colegios) la formación ética y moral de los niños. Pero aprender a ser una buena persona no es algo que se estudia en textos ni se aprende en el colegio por cuanto una cosa es saber los conceptos y otra, muy distinta, es vivir en base a ellos.
EL CARÁCTER SE ESTABLECE CON EL EJEMPLO :“El ejemplo no es la mejor forma de enseñar, es la única.” Alberto Einestein.Es cierto que los colegios pueden informar a los alumnos sobre cuáles son los valores fundamentales y la importancia que tienen para su vida, a la vez que reforzar los que les establezcan en su hogar, pero poco éxito tendrán tratando de que los niños aprendan lo que no viven en sus casas. A diferencia de las ciencias o las humanidades, los valores éticos no se aprenden en libros ni en clases. Los valores se inculcan, es decir, son algo que los niños captan e incorporan observando la conducta de las personas que más aman y admiran: en primer lugar, sus padres o quienes hagan sus veces.
Debido a que durante la infancia los hijos veneran a sus padres y procuran imitarnos en todo, quienes estan en la mejor posición para infundirles sólidos valores éticos que les sirvan de parámetros para regir sus vidas. Esto significa que en donde los que ellos aprenden los principios éticos que deben regular su proceder moral a través de las lecciones que les damos con el  proceder cotidiano del padre.La cuestión no es ver cómo enseñarles valores a los hijos, sino preguntarnos qué les enseñan.
Los valores no son algo que se impone desde fuera sino que surge desde lo más profundo de nosotros. Por ello educar en valores es cultivar amorosamente el buen corazón de los hijos, es entusiasmarlos a obrar bien y seducirlos a dar lo mejor de sí. Y esto no se logra a base de exigirle a los hijos que se comporten como les decimos sino de mostrarles lo que significa obrar correctamente; ni de imponerles nuestra verdad sino de enseñarles a buscarla con honestidad dentro de su conciencia, ni de exigirles autoritariamente su respeto sino de ganarlo haciéndonos merecedores de su admiración. “Educar es seducir con el ejemplo: que hablen los hechos, no las palabras. El buen ejemplo arrastra, empuja, tira en esa dirección; y este descansa sobre la coherencia…” Sólo así su solidez moral no será una lección aprendida sino una experiencia de vida, que se hará evidente en la alegría y la bondad que irradien.
La vida nos ofrece a diario oportunidades para cultivar los valores y las virtudes fundamentales en los hijos. Podemos inculcarles, por ejemplo, un nuevo sentido de justicia que no se limite a que crean que ser justos es dar lo que dice la ley para evitar el castigo o regalar lo que les sobra para “ganarse el cielo”. Hay que plantearles con palabra y ejemplo que el verdadero significado de justicia es que “quien más tiene más debe”. Es decir que quienes tenemos la suerte de vivir en circunstancias más favorables, no sólo gozamos de mayores privilegios sino que también tenemos mayores obligaciones. Así, quienes pertenecemos a una clase privilegiada tenemos el deber sagrado de asegurarnos que los más desfavorecidos tengan, por lo menos, lo que precisan para sobre- vivir. En esta forma nuestros hijos aprenderán que la justicia no es cuestión de trueque, una toma y dame, sino cuestión de amor porque implica compartir lo que hemos tenido el privilegio de recibir con quienes más lo necesitan, y de gozar así de la dicha de hacer la diferencia en la vida de otro ser humano. Nutriremos además el espíritu de generosidad en los niños cuando desde que son pequeños les hacemos ver los beneficios de dar y no sólo de obtener. Al enfatizar lo que pueden aportarle a los que tienen menos, disfrutarán de la satisfacción de ver lo que significan sus aportes para aquellos que los reciban. En esta forma será evidente para ellos que la vida no los premiará por sus buenas obras, sino que serán sus buenas obras las que los premiarán. De tal manera que si queremos que la vida de nuestros hijos sea rica en bendiciones, lo que se precisa es cultivar su buen corazón para que ellos sean una bendición en la vida de quienes les rodean.
Como consecuencia de la crisis de valores que caracteriza el momento histórico que estamos viviendo, se ha redefinido el ser bueno como una persona que “no le hace mal a nadie”. Tal concepción de la bondad está muy de acuerdo con lo que parece ser el lema de la filosofía de vida que hoy rige las relaciones sociales: cada cual que viva su vida como le venga en gana, mientras no se entrometa en la vida de los demás. De tal manera que lo que tenemos ahora es un montón de gente que tiene muy poco que ver con los demás, incluidos sus propios parientes y vecinos, y por lo tanto no le hace mal a nadie (por lo menos a conciencia), pero tampoco le hace ningún bien. Si queremos ver un mundo mejor es dedicarnos a formar hijos mejores, es decir más bondadosos, que se dediquen a hacer el bien sin importar a quien; que trabajen no sólo para su gratificación individual sino por la satisfacción de aportar al bienestar de los demás; que apoyen a los débiles y no sólo quieran aliarse con los más fuertes; que conciban la riqueza no como la acumulación de bienes sino como la capacidad de darlos. Es gracias a la bondad de unos con otros que se fortalecen los vínculos de unión con nuestros semejantes y que se abona el terreno para que reine la paz entre los seres humanos. Se ha dicho que “si no somos parte de la solución somos parte del problema”. Es hora de dedicarnos a preparar a los hijos para que irradien la generosidad de su corazón, la ternura de sus sentimientos y la fortaleza de sus deseos de servir a este mundo convulsionado y atormentado, entre otras, por la indolencia de los que “no le hacen mal a nadie”. La historia nos ha demostrado que son los buenos “en servicio activo”, no los ricos o los famosos quienes han logrado cambiar positivamente el estado de las cosas cuando, como ahora, andan muy mal.
El ejemplo y la guía de los padres son hoy más crucial que nunca. Es urgente revisar si nuestro proceder está alineando con los principios fundamentales que les queremos inculcar. Si bien no podemos controlar los vientos, sí podemos manejar las velas, pero que no hay viento que favorezca a quien navega sin destino. Los padres somos el arco que dispara la vida de los hijos. De la solidez de nuestra estructura moral, del temple de nuestras convicciones y de la fuerza de nuestro ejemplo depende, en buena medida, el rumbo que tome su vida.
LA FORTALEZA DE CARÁCTER RESIDE EN LA VOLUNTAD:“La disciplina es la semilla de la que nace la voluntad, y ésta la piedra angular de la libertad”. En efecto, libre no es aquel que puede hacer todo lo que le viene en gana, sino el que puede decidir libremente qué hacer y no hacer porque es amo, dueño y señor de sí mismo. En otras palabras, porque tiene la fuerza de voluntad para actuar como piensa no como sus instintos, reacciones o impulsos lo empujan a hacerlo. Esto se traduce en que puede actuar con base en sus convicciones, sus sueños y sus ideales, de manera que la voluntad se puede definir como la habilidad para actuar con base en nuestros propios valores.
Desde el momento en que nacen, los niños hoy se alimentan no sólo de “comida chatarra” sino de “valores chatarra”: el sexo instantáneo sin responsabilidad, la diversión constante sin límites, la gratificación inmediata sin esfuerzo, el enriquecimiento ilícito sin trabajo, las soluciones mágicas sin sacrificios, y el placer como sinónimo de felicidad. Reciben los valores de los anuncios publicitarios, los shows de la tele, la lírica de las canciones de moda y la vida de sus intérpretes, las películas, los sitios de Internet, etc. Esto significa que son los medios y la cultura que promueven, mucho más que la familia y la sociedad, los que les están mostrando a los niños qué es lo que vale en la vida.
Una de las funciones básicas de los padres es servir como controles externos de los niños mientras ellos van desarrollando sus propios controles internos, es decir lo que se llama fuerza de voluntad, que no es otra cosa que la capacidad de limitarse a sí mismos. Pero haciendo eco a los valores de la cultura consumista, los padres hemos asumido como una obligación sagrada el hacer cuanto esfuerzo sea necesario por complacer a los hijos para que vivan sonrientes y no tengan ninguna contrariedad. En esta forma los menores están creciendo acostumbrados a decir sí a todo lo que se les antoja y no están desarrollando el autocontrol necesario para decir no a los vicios, a la promiscuidad, a los excesos, a las tentaciones y a todos los demás desaciertos que se les venden en nombre de la felicidad. De ahí que las nuevas generaciones se caractericen por la falta de tolerancia a la frustración y el descontrol y que se asfixien en el hastío y la insatisfacción.Al tratar de complacerlos y evitarles toda contrariedad no les daremos la oportunidad para desarrollar los atributos que se requieren para tener un carácter sólido que incluya una fuerza de voluntad férrea. Carecer de fuerza de voluntad es tan grave como carecer de fuerza muscular. Así como un minusválido no puede controlar sus piernas, una persona sin fuerza de voluntad no puede regular sus instintos y reacciones, y vivirá a merced de las mismas.
El auténtico secreto de la felicidad reside en la moderación. “Nada en exceso, todo en forma moderada” afirmaban los sabios griegos. La capacidad de moderarnos, que se conoce como la virtud de la templanza, es el resultado directo de la fuerza de voluntad. En la moderación está la diferencia entre el uso y el abuso del placer. Lejos de placentero, es muy desagradable darnos cuenta de que nuestros impulsos, reacciones o instintos son los que nos arrastran y nos someten a excesos, los cuales le quitan el goce a lo que, disfrutado en forma moderada, habría podido ser una experiencia exquisita. Y cuando se abusa del placer, “éste lleva a que ya no nos interese la vida sino ese placer en particular, dejando de ser un ingrediente agradable para convertirse en una forma de escapar de la misma.”
Dentro de este orden de ideas, y debido a que en la sociedad light de nuestros días todo es trivial y se impuso el facilismo, están desapareciendo dos virtudes fundamentales para fortalecer la voluntad: el esfuerzo y la capacidad de lucha.La vida de los niños gira impulsada alrededor de la filosofía de lograr más haciendo menos y de obtener todo a cambio de nada. En efecto, todo parece ser cada vez más fácil para ellos: ya no tienen que investigar largas horas en las bibliotecas porque para eso cuentan con un ordenador; ya no tienen que acostumbrarse a comer lo que no les apetece porque ahora cenan a la carta; ya no tienen que responder por los problemas en que se meten porque de eso se ocupan sus papás, y así sucesivamente.Lo grave es que al facilitarles la vida a los hijos se la estamos complicando. Y por verlos felices los estamos preparando para que sean infelices. Las perspectivas para el futuro, aun para quienes “lo tienen todo”, no son muy prometedoras si no están muy bien equipados para arreglárselas en condiciones adversas como las que tendremos que seguir viviendo.
No basta con enseñarles a los hijos los principios éticos y morales que deben regir su vida. Es indispensable dotarlos con la fuerza de voluntad para ponerlos en práctica. De tal manera que el viejo lema de “goce primero y pague después” no vale. Nuestros hijos tienen que pagar primero para poder gozar después si quieren hacer de su vida algo que valga la pena. En primer lugar tienen que trabajar duro y aprender a superar los escollos, a perseverar ante las contrariedades, a crear sus oportunidades y a no sucumbir ante una puerta cerrada sin decidirse a empujarla para que se abra. Sólo así podrán gozar luego de la dicha que significa alcanzar sus sueños, no a base de intrigas o favoritismos, sino como resultado de su propio mérito.
Ascender es más difícil que descender, pero son los caminos en ascenso los que nos llevan a la cima. Allá no necesariamente llegarán los que están a la cabeza sino ante todo los que caminen con más fuerza. Y así como la fuerza física se desarrolla haciendo mucho ejercicio, la fortaleza interior se desarrolla esforzándonos para superar los desafíos que encontramos en el trayecto hacia la cumbre. El esfuerzo fortalece la voluntad, templa el carácter y ennoblece el corazón, mientras que convierte los sueños en realizaciones y las buenas intenciones en causas nobles. Además, nos llena de esa profunda satisfacción resultante de sentirnos capaces de superar el desafío de pasar por este mundo habiendo dejado algo mejor de lo que lo encontramos.
Ángela Marulanda Educadora familiar. Miami.

 

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